La mujer del flujo de sangre y Lamentaciones 3:23

Hace tiempo me encontre en una situación que hasta este día me hace meditar, llorar, de todo.  De esos momentos que imaginas que terminan con un milagro y todos llorando y abrazandose.

Hace unos años, una de mis mejores amigas se enfermó mientras cursaba la universidad.  Ella estaba estudiando fuera entonces te puedes imaginar el estrés de no saber que tienes, no saber a quien consultar, y no tener a tus papás para que te cuiden.  Pasó el tiempo y por fín hubo un diagnóstico.  Colitis ulcerativo.  No se cura, simplemente tiene temporadas en que la enfermedad está dormida.  Y con esta enfermedad mi amiga continuó sus ultimos años tomando como 6 pastillas cada mañana con su desayuno.

Pasó el tiempo, se graduó, y me dió la noticia que se iba a regresar a su casa y tomarse un tiempo.  En esos momentos lo único que podía pensar era que iba poder hablar con ella y orar por ella.

No pasó mucho tiempo en el que se hizo esa cita.  Iba en el camino pensando, este es el día, Dios hará un milagro, va a conocer a Cristo y su vida va cambiar radicalmente.  Pero cuando llegué y nos sentamos y empezamos a hablar sobre su enfermedad y como ella se había sentido esos años aya sola se le llenaban los ojos de lágrimas y a mi también.  Era como si pudiera sentir su dolor y sentir esa impotencia por verla sana y no tener que sufrir por esa enfermedad, asi que le pregunté esto, “¿pero no crees que Dios te puede sanar?  ¿No crees que Dios puede hacer un milagro en este momento aquí?” Y ese momento fue el que rompió mi corazón totalmente.  Yo estaba lista que me contestara, “¡si! Si lo creo, ¿como le hago? ¿Que puedo hacer?” pero al contrario, me contestó, “¿no crees que he pedido a Dios muchísimas veces que me sane? ¿No crees que llorando le he rogado que quite esta enfermedad?  Pero estoy bien.  Hay personas con cancer o con peores enfermedades que la mía.”

Y asi terminó esa conversación y ya estando sola yo con mis pensamientos me puse a pensar con todo el dolor del mundo que ella se había resignado a vivir con esta enfermedad.  Ella ya había aceptado como su destino vivir con esa enfermedad.  Ella ya había aceptado como su destino vivir con una enfermedad “incurable”.  Pero pensando en todo eso también recordé la historia de la mujer del flujo de sangre.  Una mujer que llevaba 12 años con la misma enfermedad.  La biblia dice que había visitado todos los doctores sin lograr ser curada.  ¿Te puedes imaginar 12 años viviendo asi?  Si alguien tenía el derecho de pensar que su destino era vivir con esa condición, sería ella.  Pero se rehusó aceptarlo.  Rehusó aceptar que viviría un año mas con esa enfermedad, y te voy a decir porque creo que ella persistió en ser sanada.

Lamentaciones 3:23 dice, “sus misericordias son nuevas cada mañana.”  La mujer entendió que cada día Dios nos da misericordias nuevas.  Cada día es una oportunidad que Dios obre en algo que has estado pidiendo, cada día es una oportunidad de que tu papá acepte a Jesús.  La mujer entendió que quizá esa noche antes de que tocara el manto de Jesús iba hacer la misma oración que había hecho por 12 años, pero que mañana sería un nuevo día con una nueva oportunidad de que sus misericordias nuevas la sanaran e hicieran el milagro que tanto había anhelado.  Y sucedió.

Quizá te encuentras cansada porque no ves un cambio en tu hijo que se alejó ya hace un tiempo, pero Dios te escucha.  Dios te brinda sus misericordias cada día y te va dar lo que necesites día a día.  Dios obra en un tiempo perfecto que es de El.  Pero también la gente que es sanada es la gente que no cesa en orar y confiar en Dios.  La gente que se rehusa a pensar que su destino es un destino sin cura.  Asi como la mujer del flujo de sangre que rehusó aceptar que su enfermedad era su destino, y entendió que solo porque ayer no fue sanada hoy tampoco lo iba a ser.  Al contrario, si ayer no fue sanada hoy iba a ser una oportunidad de ser sanada porque “sus misericordias son nuevas cada mañana.”

 

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